San Lorenzo de El Escorial es un municipio y localidad de España, en la Comunidad de Madrid. Se encuentra en el noroeste de la Comunidad, en la vertiente suroriental de la sierra de Guadarrama, al pie del monte Abantos y Las Machotas, a 47 km de Madrid. Es cabeza del partido judicial homónimo. Recibe popularmente el nombre de El Escorial de Arriba, para diferenciarlo del vecino pueblo de El Escorial, que, por su parte, es designado como El Escorial de Abajo.
La localidad fue fundada en tiempos de Carlos III, en el siglo xviii, y se constituyó como municipio en el siglo xix, cuando tuvo su primer alcalde. Surgió como una escisión de El Escorial, donde Felipe II construyó a finales del siglo xvi el Monasterio de El Escorial y mediante la anexión de las fincas colindantes, el Real Sitio del mismo nombre. En la parte segregada se encontraban los principales edificios y parajes de este Real Sitio, incluido el Monasterio, que en la actualidad se halla, por tanto, en el término de San Lorenzo de El Escorial. De ahí que el citado monumento reciba también el nombre de «Monasterio de San Lorenzo de El Escorial».
El Monasterio y el Real Sitio fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco el día 2 de noviembre de 1984, con la denominación de «El Escorial, Monasterio y Sitio». Alrededor de este edificio, uno de los principales monumentos renacentistas españoles, se ha articulado una potente industria turística y hostelera, que ha convertido a San Lorenzo de El Escorial en uno de los principales destinos de la comunidad autónoma. Dentro de su término municipal se encuentra también el Valle de los Caídos.
Desde el 21 de junio de 2006, su término se encuentra protegido como Bien de Interés Cultural, en la categoría de Territorio Histórico o Sitio Histórico, figura en la que también se incluyen los municipios vecinos de El Escorial, Santa María de la Alameda y Zarzalejo.
Superficie 56,40 km²
El Valle de los Caídos y las huellas del esoterismo franquista |
Franco recorrió en diferentes ocasiones la Sierra de Guadarrama buscando un enclave concreto que finalmente fue el paraje del Risco de la Nava, situado en línea recta con el Monasterio de El Escorial, con la Capilla Mayor, el etiquetado "Templo de Salomón" de Felipe II, y la cima del mágico Monte Abantos, a una distancia equidistante de Ávila, Segovia y Madrid.
Las obras comenzaron en 1940, un año después del fin de la contienda, y se prolongaron durante veinte años, hasta 1959, siendo inaugurado el mismo día que se cumplía el aniversario de la victoria de las tropas nacionales.
El proyecto inicial fue realizado por Pedro Muguruza, quien trabajó en el mismo desde 1940 a 1950, y concluido por Diego Méndez. Ninguno de los diseños –entre los que se encontraba una gran pirámide–, convenció a Franco, quien los cambiaba a su gusto.
A partir de 1951 se edificó finalmente una gran cruz y se realizó el tallado de las esculturas –obra de Juan de Ávalos–, la explanada y ampliación de la cripta, que en un principio tenía 11 metros de ancho y pasó a 22 metros. En 1955 se realizó el revestimiento de la cantería de las paredes y bóvedas de la cripta, las galerías y sacristías, y un año más tarde, en 1956, el coro, los altares y la pavimentación de la cripta. Y por último, en 1957, el pórtico, el gran claustro, el monasterio y el noviciado.
LOS "JUANELOS", LAS COLUMNAS DEL TEMPLO DE SALOMÓN
El viajero encontrará las primeras señales esotéricas tras cruzar la puerta de entrada al recinto, de tres cuerpos, el central compuesto por dos pilares que enmarcan una verja con un águila bicéfala, la Cruz del Valle, el escudo de España, el escudo de armas de Franco y el escudo de la Orden de San Benito.
Son los llamados "Juanelos", ubicados justo al lado de la carretera que va ascendiendo entre abetos, piceas, enebros, olmos y chopos. Cuatro grandes monolitos cilíndricos de granito sobre pedestal, dos a cada lado, de once metros de altura y un metro y medio de diámetro, obra de Juanelo Turriano, relojero oficial de Felipe II, creador de autómatas, tallados en el siglo XV para la obra de ingeniería que confeccionó y que abastecería de agua a Toledo, recuperados del olvido.
Dos columnas que carecen de utilidad arquitectónica, sin sentido en el conjunto monumental, que estarían vinculadas a Jaquin -la izquierda- y Boaz –la derecha–, las dos columnas de bronce situadas a la entrada del Templo de Jerusalén, construidas por el maestro Hiram Abif, fiel aliado de Salomón, que estaban rematadas por capiteles en forma de cáliz y pétalos abiertos de una flor de lis con una hilera de granadas, fruto de la vida.
Columnas que simbolizarían los principios duales de lo masculino y lo femenino, del bien y del mal, de la luz y las tinieblas, de reminiscencias kabalísticas, los pilares situados junto al árbol de la vida, y masónicas, que soportan el cielo y la tierra, así como míticas y legendarias, aludiendo al fenicio templo de Melkart en Cádiz, haciendo alusión a las columnas de Hércules.
LA CRUZ, EL TETRAMORFOS Y LAS VIRTUDES CARDINALES, ASTROLOGÍA Y ALQUIMIA
Posteriormente, entre las colinas, surge la monumental cruz, la más alta del mundo, visible a más de cuarenta kilómetros de distancia. Alberga una altura de 150 metros de altura y sus brazos una longitud de 46 metros, en cuyos pasillos interiores podrían cruzarse dos vehículos.
Se fabricó con hormigón armado –reforzado con un bastidor metálico recubierto de cantería labrada–, y se construyó sin andamiaje, elevándose desde dentro, como si se tratara de una chimenea. Está sustentada en un basamento en el que aparecen los evangelistas Juan, Lucas, Marcos y Mateo, cada uno de ellos con 18 metros de altura, tallados por Juan de Ávalos, con sus correspondientes tetramorfos, las imágenes que los representan, el águila, el toro, el león y el hombre alado respectivamente.
Una iconografía que tiene sus orígenes en el Apocalipsis –en el que se describen ángeles zoomorfos en torno a un Pantocrátor, constantes en el arte medieval, tanto en la escultura, como la pintura y los códices miniados–, y en el Antiguo Testamento, que según la tradición cristiana, describió el profeta Ezequiel en una de sus visiones, quien se inspiró en la astrología zodiacal babilónica estando preso en Mesopotamia, en el siglo VI a. C..
Siendo el toro, Tauro, el león, Leo, el águila, Escorpio, y el hombre alado, Acuario, las constelaciones sobre las que tuvieron lugar el equinoccio de primavera, el solsticio de verano, el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno entre los milenios quinto y tercero antes de Cristo.
Una representación además que, según la tradición alquimista, correspondería a los cuatro elementos básicos rodeando al Pantocrátor, el "quinto elemento", el unificador. Y tras ellos, las virtudes cardinales cristianas, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Adaptadas de la excelencia política de los griegos, que consistía en el cultivo de la virtud de Andreia, la valentía, Sofrosine, la sensatez, Dicaiosine, la justica, que formaban todas ellas al ciudadano, y a las que Platón añadió una más, la prudencia.
LA ESCALINATA Y EXPLANADA DE ENTRADA
Desde la carretera, ascenderemos por una escalinata asentada sobre la roca viva, de 100 metros de ancho, dividida en dos tramos, cada uno de diez escalones, que termina en la gran explanada de 30.600 metros de superficie.
Su pavimento forma una cruz en planta, que deja, en los cuatro ángulos, cuadrados enlosados con piedras de forma irregular, cuyas uniones se delinean con trébol y ray grass. Un pretil en la parte central la separa de dos laterales a los que se desciende por otras escalinatas graníticas, de quince escalones y más de sesenta metros de ancho que conducen a la puerta de la cripta sobre cuya entrada, en la cornisa, aparece la escultura de la piedad, obra de Juan de Ávalos, de cinco metros de altura y doce de longitud.
Escalinatas y escaleras que son una constante en el Valle de los Caídos. Que hacen referencia a la numerología cristiana, vinculada a los diez mandamientos pero que también a los diferentes grados de conocimiento por lo que debía ascender el iniciado para alcanzar la sabiduría y con los diez sefirot de la tradición cabalística, las esferas del árbol de la vida, representando cada uno de ellos un estado en el camino a la comprensión de Dios.
Escalones que ascienden y descienden que tienen una vinculación con el mito de la Escalera de Jacob, por la cual los ángeles ascendían y descendían del cielo, simbólicos accesos a otras esferas de la realidad, al mundo espiritual o al inframundo.
LA CRIPTA, EL VIAJE INICIÁTICO A LA CUEVA
Nada más entrar a la cripta aparecen dos arcángeles gigantescos, confeccionados con el bronce de cañones utilizados en la guerra, con las alas levantadas, apoyando los brazos cada uno de ellos en la empuñadura de una espada hincada en los plintos, en actitud vigilante y de meditación, obra de Carlos Ferreira.
Ángeles guerreros, guardianes del lugar. Seguidamente, descenderemos diez escalones, de nuevo la numerología mágica, para llegar a la gran nave, ubicada a un nivel más bajo para realzar el presbiterio, creando la sensación de un descenso y un ascenso. Está dividida en tres tramos –con grandes arcos fajones– con seis capillas, tres a cada lado, número simbólico de la Trinidad, en los que encontraremos distintas Vírgenes como patronas de los Ejércitos de tierra, mar y aire. Intercalados entre cada capilla cuelgan ocho tapices dedicados al Apocalipsis de San Juan de una colección flamenca del siglo XVI, que fue adquirida por Carlos V y traída a España por Felipe II.
Después, otra escalinata de diez escalones, por la que alcanzaremos el crucero y el altar mayor, todo ello rodeado por ocho estatuas, ángeles guerreros, sobre pilastras, de vestiduras toscamente labradas que contrastan con el pulimento de rostros y brazos, con la cabeza inclinada y cubierta. Todo ello vinculado al número ocho, la representación del infinito, relacionado con la estrella de ocho puntas de Salomón, el número de escalones que llevaban al atrio interior del Templo de Jerusalén y, en la antigu?edad, con la iconografía de serpientes entrelazadas del caduceo del dios griego Hermes, símbolo del equilibrio entre fuerzas del bien y del mal.
En el centro del crucero y en verticalidad con la cruz monumental del exterior, aparece el altar mayor, una gran losa de granito pulimentado de una sola pieza. En el frontal, la representación de la Última Cena y a los lados de nuevo los tetramorfos, los símbolos de los cuatro evangelistas. Sobre el mismo, la talla de un Cristo crucificado, obra de Julio Beobide, realizada en madera de enebro, que fue cortada por el propio Franco en los bosques de Río Seco.
Y en torno a él, las figuras en bronce, de siete metros de altura, de San Rafael –con el bastón del peregrino–, San Miguel –con la espada–, San Gabriel –con una azucena– y San Uriel –conocido como Azrael, guardián entre el cielo y la tierra, intermediario de las almas, con la cabeza inclinada y cubierta con las manos en actitud orante–.
Todo el conjunto cubierto por una cúpula decorada con un mosaico de más de cinco millones de teselas, de reminiscencias bizantina y románica, con un Pantocrátor, obra de Santiago Padrós, en el que aparece Cristo en majestad con el Libro de la Vida y la frase Ego sum lux mundi, "Yo soy la luz del mundo".
El Valle de los Caídos, contrariamente a lo que se piensa, no fue concebido como mausoleo para el dictador, ya que nunca dijo dónde quería ser inhumado. La decisión de que fuera allí enterrado la tomaron los miembros del gobierno con el permiso de la jerarquía eclesiástica.
No en vano, las obras para acondicionar la tumba se realizaron a toda prisa antes de su muerte, para lo que tuvieron que desviarse parte de los conductos subterráneos de drenaje de la nave central.
Entonces, ¿por qué y para qué se construyó? ¿Qué oculto fin tenía la titánica construcción? ¿Qué mensaje encierran sus piedras, sólo apto para ojos expertos en rituales paganos, astrología, cábala, masonería, en esoterismo?
Siempre hubo silencio entre los protagonistas de su edificación a la hora de explicar el simbolismo del Valle de los Caídos. Pero lo cierto es que sus elementos arquitectónicos obedecen a concepciones simbólicas y mágicas.
En su aspecto esotérico, números relacionados con ritos católicos, como el tramo de quince pasos, relacionado con los quince misterios del Rosario, los tramos de diez, con los Mandamientos o los tetramorfos y cuatro virtudes cardinales de la cruz.
Y en su aspecto esotérico, con numerología, astrología y masonería. Todo ello unido a su ubicación y diseño, sumergiéndose en una montaña mágico-sagrada, atravesando la roca viva, y una cruz alzándose al cielo, con el mismo sentido que tenían los cruceiros gallegos en los cruces de camino, virtual puerta entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. El Valle de los Caídos es un auténtico misterio. Y lo único cierto es que los secretos se los llevó a la tumba su creador.
El escape de Cuelgamuros.
Fuga de Cuelgamuros.
Aquel arriesgado y febril lance juvenil.
Ha dicho que no tuvo miedo cuando se fugó de Cuelgamuros.
En el momento de la fuga no me ocupé de averiguar si tenía miedo o no. Lo importante era seguir adelante y ponerse a salvo. El miedo me llegó después, cuando leí 'Otros hombres', la novela de mi compañero de fuga, Manuel Lamana. Pero ya estaba sentado cómodo en una silla (ríe).
Muchos exiliados echaron raíces en México y en Argentina, ¿por qué regresó a España?
Pasé mucho tiempo en Argentina y en Estados Unidos, pero siempre supe que mi estancia en el extranjero sería provisional. Fui de los que esperó a que cayera el régimen para volver, porque aquí estaban mi familia, amigos y compañeros.
"El que se va no vuelve, aunque regrese", escribió José Emilio Pacheco, ¿qué dejó usted en sus exilios?
De mis 18 años en Argentina conservo dos hijos y dos nietos. Y mis recuerdos. Pero no me apetece volver en absoluto. Porque es un país que ha evolucionado de una manera que no me gusta nada. ¡Y eso que soy un exiliado argentino! Fue el golpe de estado de 1976 lo que me forzó a irme a Estados Unidos. Eso fue una ruptura, una herida, muy grande. Lo que sí echo de menos de Argentina es un buen bife, pero un chuletón de Ávila no tiene nada que envidiarle.
¿Le asedian aún los fantasmas de la represión y de aquellos años bárbaros?
La Guerra Civil la pasé en Francia. Y todo lo que tengo que decir sobre aquellos años ya lo escribí en 'Cárceles y exilios' (Anagrama, 2012). Pero más que fantasmas lo que tengo es una enorme satisfacción por ver que hoy España es un país distinto a lo que era durante el franquismo. El movimiento feminista está a la orden del día, y eso en 1948 era inconcebible. Y respecto a la homosexualidad, también. Hoy un político puede serlo y decirlo abiertamente y nadie lo criticará por eso. Que algunos piensen lo contrario en privado es distinto, pero eso antes era impensable. Esto supone un gran cambio de mentalidad y en los hábitos sociales. Residuos franquistas los hay todavía, pero ya no imponen su ley. Hoy el 60% de los matrimonios son civiles, ¡dígame si no hay un cambio!
¿Volvería a Cuelgamuros?
No. No tengo ninguna razón para ello.
En su opinión, ¿cuál debería ser el futuro de ese sitio?
Eso es muy difícil de responder. Tiene mala solución. Lo de hacer un cementerio al estilo del de Arlington, como así lo propuso Albert Rivera, es una idea absolutamente ridícula. En el caso de Estados Unidos, se trata de un lugar completamente neutral, no hay ningún signo o símbolo que pueda molestar a nadie. Pero en Cuelgamuros ¿qué van a hacer?, ¿poner a todos debajo de la cruz de la cruzada?, ¿o van a volarla para poner una hoz y un martillo del mismo tamaño? No tiene una salida fácil ese tema.
¿Qué valoración hace de la Ley de Memoria Histórica?
Es una ley insuficiente, porque no ha solucionado nada. El problema es anterior, desde la Transición. El cambio de régimen no quiso plantear cuestiones que se pudieran interpretar como revanchistas. No se tocaron ciertos temas, con el objetivo de que la izquierda pudiera dar una oportunidad a la derecha de que evolucionara por sí misma. Pero eso no sucedió. Ahí teníamos a la vicepresidenta de Rajoy hablando de democracia y de la Constitución, pero la derecha no se ha dado cuenta de que para ser verdaderamente constitucionalistas y democráticos es necesario repudiar la dictadura y el autoritarismo.
Para Maurice Halbwachs (sociólogo francés fallecido en el campo nazi de Buchenwald) memoria e historia no podían coincidir en un mismo término.
Yo, como historiador, creo en la Historia. Me fio más de los documentos que del recuerdo. Por eso, cuando los neofranquistas hoy niegan la represión de entonces, yo les digo: "Id a los archivos". Todo régimen autoritario es muy burocrático, así que los papeles ahí están. La cuestión es el acceso a ellos, y que muchos están falsificados.
¿Y la memoria?
Está bien. Sirve para adelantar ciertas búsquedas de información para el historiador. Y, en todo caso, para romper 40 años de silencio.
¿Cómo juzga los casos de corrupción en la España democrática?
La corrupción se consolidó con el franquismo, y, sin duda, somos herederos de eso.
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Nicolás Sánchez-Albornoz y Aboín.
(Madrid, 1926) es un historiador y profesor universitario español. Hijo del historiador Claudio Sánchez-Albornoz, que se había exiliado tras la Guerra Civil. Nicolás permaneció en Madrid y participó, siendo estudiante, en un intento de reconstrucción clandestina de la FUE. Fue detenido y condenado en 1947 por la dictadura franquista a trabajos forzados. Escapó en 1948 junto a Manuel Lamana del Valle de los Caídos con la ayuda del antropólogo Paco Benet, la escritora Barbara Probst Solomon y Barbara Mailer. Permaneció exiliado en Argentina durante décadas y desarrolló allí gran parte de su carrera. Desde 1991 es miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid. Fue el primer director del Instituto Cervantes (1991-1996).
Manuel Lamana
(Madrid, 1922-1996) fue un escritor español, exiliado en Argentina en 1948. Fue el segundo de cuatro hermanos. Su padre, José María Lamana, militante de Izquierda Republicana y funcionario de Hacienda, era en los años de la guerra civil, Administrador General del Monopolio de Tabacos y Fósforos. En febrero de 1939 pasó la frontera de Francia desde Figueras (donde estaba instalado en Gobierno de la República) junto con su madre y sus dos hermanos menores. El mayor había caído prisionero de los franquistas en la Batalla del Ebro. Estuvieron unos días en un campo de refugiados en Perpiñán y luego fueron acogidos durante dos meses en la localidad de Ornans, casi en la frontera con Alemania. Durante esos meses su padre estuvo internado en diversos campos de refugiados en el sur de Francia. El 20 de abril la familia logró reunirse en la ciudad de Rieux-Minervois.
En 1941, para escapar de ser enviado a Alemania en una compañía de trabajo obligatorio, regresa a España, donde se matricula en la Universidad de Madrid y participa en los movimientos estudiantiles de oposición al régimen franquista, lo que le lleva a conocer las cárceles del régimen en varias ocasiones. En 1947 junto a Nicolás Sánchez Albornoz es condenado a seis años de prisión por intentar la reconstrucción del antiguo sindicato estudiantil clandestino FUE. Llevados al valle de Cuelgamuros, trabajan en la construcción del Valle de los Caídos.
De allí escapan en una fuga preparada desde París por sus compañeros de la FUE con la ayuda de dos jóvenes norteamericanas, Barbara Probst Solomon y Barbara Mailer, hermana del escritor Norman Mailer, que es quien pone su coche a disposición de los conjurados. El cerebro de la fuga es Francisco Benet, hermano mayor del escritor Juan Benet, que acompaña a las estadounidenses en su viaje a España. La peripecia de la fuga, con accidente de coche y paso clandestino de los dos fugados a pie por los Pirineos, ha sido narrada en diversos libros por los tres protagonistas, el propio Manuel Lamana, Nicolás Sánchez Albornoz y Bárbara Probst Solomon y que se citan más adelante. En 1998 Fernando Colomo llevó a la pantalla este hecho en la película Los años bárbaros.
Tras una breve estancia en Francia e Inglaterra, Manuel se embarca para Argentina donde, tras acabar sus estudios universitarios, ejerce como profesor en las universidades de Tucumán y de Buenos Aires, tarea que se interrumpe temporalmente por su oposición al régimen de los generales argentinos En el momento de su muerte codirigía el Instituto de Cultura Ibero Argentina de Buenos Aires.
Barbara Mailer
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